miércoles, abril 12, 2006

Ciencia

La ciencia (del latín scientia, conocimiento) es un proceso de adquisición y refinado de conocimiento así como la organización de dicho conocimiento. Es el conocimiento producto de una práctica humana con reglas establecidas, cuya finalidad es obtener por diversos medios un conjunto de reglas o leyes universales, generalmente de índole matemática, que dan cuenta del comportamiento de un sistema y predicen como actuará dicho sistema en determinadas condiciones.
La ciencia experimental se ocupa exclusivamente del estudio del universo natural. Los científicos se ajustan, en su investigación, a un cierto método, el método científico, un proceso para la adquisición de conocimiento empírico. La ciencia puede a su vez diferenciarse en ciencia básica y aplicada, siendo esta última la aplicación del conocimiento científico a las necesidades humanas y al desarrollo tecnológico.
Algunos descubrimientos científicos pueden resultar contraintuitivos, es decir, contrarios al sentido común. Ejemplos de esto son la teoría atómica o la mecánica cuántica, que desafían nociones comunes sobre la materia. Muchas concepciones intuitivas de la naturaleza han sido transformadas a partir de hallazgos científicos, como el movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol o la teoría evolutiva de Charles Darwin.



Terminología

Los términos modelo, hipótesis, ley y teoría tienen significados distintos en la ciencia que en el discurso coloquial. Los científicos utilizan el término modelo para referirse a una descripción de algo, especialmente una que pueda ser usada para realizar predicciones que puedan ser sometidas a prueba por experimentación u observación. Una hipótesis es una afirmación que (aun) no ha sido bien respaldada o bien no ha sido descartada. Una ley física o ley natural es una generalización científica basada en observaciones empíricas.
La palabra teoría es incomprendida particularmente por el lego. El uso vulgar de la palabra "teoría" se refiere a ideas que no poseen demostraciones firmes o respaldo. En contraposición, los científicos generalmente utilizan esta palabra para referirse a cuerpos de leyes que realizan predicciones acerca de fenómenos específicos.

Disciplinas científicas

Esquema de clasificación planteado por el epistemólogo alemán Rudolf Carnap quien fue el primero en dividir a la ciencia en:

Ciencias formales

Por contraposición a las ciencias fácticas, son aquellas que no estudian fenómenos empíricos. Utilizan la deducción como método de búsqueda de la verdad: Lógica - Matemáticas

Ciencias naturales
En ellas se encuadran las ciencias naturales que tienen por objeto el estudio de la naturaleza. Siguen el método científico: Astronomía - Biología - Física - Química - Geología

Ciencias sociales
Son todas las disciplinas que se ocupan de los aspectos del ser humano - cultura y sociedad- El método depende de cada disciplina particular: Antropología - Historia - Psicología - Sociología - Economía - Demografía
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Método científico

Artículo principal: Método científico

El método científico es el proceso mediante el cual una teoría científica es validada o bien descartada.
Los principios fundamentales del método científico son:
La reproducibilidad, es decir, la capacidad de repetir un determinado experimento en cualquier lugar y por cualquier persona. Esto se basa, esencialmente, en la comunicación y publicidad de los resultados obtenidos. En la actualidad estos son publicados generalmente en revistas científicas y revisados por pares.
La falsabilidad, es decir, la capacidad de una teoría de ser sometida a potenciales pruebas que la contradigan. Bajo este concepto no existe en la ciencia el "conocimiento perfecto". Con excepción en las matemáticas, una teoría científica "probada" —aun la más fundamental de ellas— se mantiene siempre abierta a escrutinio (ver falsacionismo).

Existe una serie de pasos inherentes al proceso científico, los cuales son generalmente respetados en la construcción y desarrollo de nuevas teorías. Estos son:

El modelo atómico de Bohr, un ejemplo de una idea alguna vez aceptada y luego refutada por medio de la experimentación.


Observación: el primer paso consiste en la observación de fenómenos bajo una muestra.
Descripción: el segundo paso trata de una detallada descripción del fenómeno.
Inducción: la extracción del principio general implícito en los resultados observados.
Hipótesis: planteamiento de las hipótesis que expliquen dichos resultados y su relación causa-efecto.
Experimentación: comprobación de las hipótesis por medio de la experimentación controlada.
Demostración o refutación de las hipótesis.
Comparación Universal: constante contrastación de hipótesis con la realidad.

La experimentación no es aplicable a todas las ramas de la ciencia; su exigencia no es necesaria por lo general en áreas del conocimiento como la vulcanología, la astronomía, la física teórica, etc. Sin embargo, la repetibilidad de la observación de los fenómenos naturales es un requisito fundamental de toda ciencia.
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Objetivos de la ciencia

El Instituto Max Planck, red de institutos de investigación científica en Alemania, que lleva su nombre en honor del físico alemán que inició la mecánica cuántica.


A pesar de la creencia popular, el objetivo de la ciencia no es responder todos los interrogantes. El objetivo de las ciencias físicas es responder únicamente aquellas preguntas pertenecientes a la realidad física. Asimismo la ciencia no puede enfrentar todas las preguntas posibles, por lo que la elección de cuáles responder es importante. La ciencia no puede ni se ocupa de producir verdades absolutas. En cambio, la ciencia física a menudo evalúa hipótesis sobre un cierto aspecto del mundo físico y las revisa o reemplaza acorde a nuevas observaciones e información.
De acuerdo al empirismo la ciencia no hace declaración alguna sobre cómo es realmente la naturaleza; la ciencia sólo puede producir conclusiones sobre nuestras observaciones de la naturaleza. Desde luego si la gente realmente pensara esto sería un acto imprudente confiar sus vidas a ciencias tales como la medicina. Tanto los científicos como las personas que aceptan la ciencia creen —y más aun— actúan como si la naturaleza fuera tal como la ciencia la describe. Aun así, esto es únicamente un problema si aceptamos la noción empiricista de la ciencia.
La ciencia no es una fuente de juicios de valor subjetivos, aunque ciertamente puede ser utilizada en asuntos de ética y políticas públicas al señalar las consecuencias probables de ciertas acciones. Sin embargo, la ciencia no puede decirnos cuál de esas consecuencias es la deseable o "mejor". Lo que uno proyecta desde las hipótesis científicas más razonables hacia otros dominios de interés no es un problema científico, y como tal el método científico no ofrece ninguna ayuda a quienes deseen hacerlo. A pesar de esto la justificación (o refutación) científica es utilizada en muchos casos. Desde luego los juicios de valor son intrínsecos a la ciencia en sí misma. Por ejemplo, la ciencia valora la verdad y el conocimiento.
El objetivo o propósito subyacente de la ciencia para con la sociedad e individuos es producir modelos útiles de la realidad. Se ha dicho que es virtualmente imposible hacer referencias desde los sentidos humanos que describan aquello que "es". Por otra parte, como se ha dicho, la ciencia puede hacer predicciones basadas en observaciones. Estas predicciones a menudo benefician a la sociedad o a los individuos que hagan uso de ellas. Por ejemplo, la física newtoniana y, en casos más extremos, la relatividad nos permiten predecir todo desde el efecto que una bola de billar tendrá al impactar sobre otra hasta las trayectorias de transbordadores espaciales y satélites. Las ciencias sociales nos permiten predecir (con precisión limitada por el momento) elementos como la turbulencia económica así como también nos ayuda a comprender el comportamiento humano, producir modelos útiles de la sociedad y trabajar más empíricamente con políticas gubernamentales. La química y la biología han transformado nuestra habilidad para usar y predecir reacciones químicas y biológicas. Sin embargo, en los tiempos modernos estas disciplinas científicas (en particular las últimas dos) son más generalmente utilizadas en conjunción para producir modelos y herramientas más completos.
En breve, la ciencia produce modelos útiles que nos permiten realizar predicciones útiles. La ciencia intenta describir aquello que "es", pero evita tratar de determinar qué "es" (lo cual es imposible por razones prácticas). La ciencia es una herramienta útil, un creciente cuerpo de entendimiento que nos permite enfrentar más efectivamente nuestro ambiente y adaptarnos tanto social como individualmente.


Aplicaciones de las matemáticas en la ciencia

Principia Mathematica de Isaac Newton



Las matemáticas son esenciales para muchas ciencias. La función más importante de las matemáticas dentro de la ciencia la desempeña en la expresión de modelos científicos. La observación y colección de medidas, así como la creación de hipótesis y la predicción a menudo requieren modelos matemáticos y uso extensivo de las matemáticas. Las ramas de las matemáticas más comúnmente empleadas en la ciencia incluyen al cálculo y las estadísticas, aunque virtualmente toda rama de las matemáticas tiene aplicaciones en la ciencia, aun áreas "puras" como la teoría de números y la topología. El uso de matemátias es particularmente frecuente en física, y en menor medida en química, biología y algunas ciencias sociales.
Algunos pensadores ven a las matemáticas una ciencia, considerando que la experimentación física no es esencial a la ciencia o que las demostraciones matemáticas equivalen a la experimentación. Otros opinan lo contrario, ya que en matemáticas no se requiere evaluación experimental de las teorías e hipótesis. En cualquier caso, la utilidad de las matemáticas para describir el universo es un tema central la filosofía de las matemáticas.


Filosofía de la ciencia


Artículo principal: Filosofía de la ciencia

La efectividad de la ciencia como método de adquirir conocimiento ha constituído un notable campo de estudio para la filosofía. La filosofía de la ciencia intenta comprender el carácter y justificación del conocimiento científico y sus implicaciones éticas. Ha resultado particularmente difícil proveer una definición del método científico que pueda servir para distinguir en forma clara la ciencia de la no ciencia.
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Historia de la ciencia

Artículo principal: Historia de la ciencia


A pesar de ser relativamente reciente el método científico (concebido en la revolución científica), la historia de la ciencia no se interesa únicamente por los hechos posteriores a dicha ruptura. Por el contrario, ésta intenta rastrear los precursores a la ciencia moderna hasta tiempos prehistóricos.
En occidente la antesala a la ciencia fue la filosofía natural. Ésta desacreditaba la experimentación como método de validación del conocimiento, concentrándose en cambio en la observación pura. Uno de los más destacados filósofos naturales fue el pensador Aristóteles (384 adC - 322 adC). El mundo oriental también desarrolló sistemas científicos propios, siendo éstos muy superiores a sus contrapartes de occidente durante gran parte de la historia.
Tras la caída del Imperio Romano de Occidente (476 dC) gran parte de Europa perdió contacto con el conocimiento escrito. A este largo período de estancamiento se lo ha bautizado edad oscura.
El renacimiento (siglo XIV en Italia), llamado así por el redescubrimiento de trabajos de antiguos pensadores, marcó el fin de la edad media y fundó cimientos sólidos para el desarrollo de nuevos conocimientos. De los científicos de esta época se destaca Nicolás Copérnico, a quien se le atribuye haber iniciado la revolución científica con su teoría heliocéntrica.
Entre los pensadores más prominentes que dieron forma al método científico y al origen de la ciencia como sistema de adquisición de conocimiento cabe destacar a Roger Bacon en Inglaterra, René Descartes en Francia y Galileo Galilei en Italia.
Actualidad
La historia reciente de la ciencia está marcada por el continuo refinado del conocimiento adquirido y el desarrollo tecnológico, acelerado desde la aparición del método científico.
Si bien las revoluciones científicas de principios del siglo XX estuvieron ligadas al campo de la física a través del desarrollo de la mecánica cuántica y la relatividad general, en el siglo XXI la ciencia se enfrenta a la revolución biotecnológica.
El desarrollo moderno de la ciencia avanza en paralelo con el desarrollo tecnológico impulsándose ambos campos mutuamente.
Ver: Revolución científica - Avances científicos recientes


Divulgación científica

Artículo principal: Divulgación científica

La divulgación científica pretende hacer asequible el conocimiento científico a la sociedad más allá del mundo puramente académico. La divulgación puede referirse a los descubrimientos científicos del momento como la determinación de la masa del neutrino, de teorías bien establecidas como la teoría de la evolución o de campos enteros del conocimiento científico. La divulgación científica es una tarea abordada por escritores, científicos, museos y medios de comunicación.

ITER (Vista interna), Reactor Internacional Termonuclear Experimental, uno de los mas abiciosos proyectos cientificos de la historia realizado gracias al trabajo conjunto entre la Unión Europea (UE), Rusia, Estados Unidos (EE.UU.), Japón, China y Corea del Sur


Algunos científicos notables han contribuído especialmente a la divulgación del conocimiento científico más allá del mundo estríctamente académico. Entre los más conocidos citaremos aquí a Stephen Hawking, Carl Sagan, Richard Dawkins, Stephen Jay Gould, Martin Gardner y a autores de ciencia ficción como Isaac Asimov. Otros científicos han realizado sus tareas de divulgación tanto en libros divulgativos como en novelas de ciencia ficción como Fred Hoyle. La mayor parte de las agencias o institutos científicos destacados en EE.UU. cuentan con un departamento de divulgación (Education and Outreach) si bien ésta no es una situación común en la mayoría de los países.


Influencia en la sociedad

Dado el carácter universal de la ciencia su influencia se extiende a todos los campos de la sociedad. Desde el desarrollo tecnológico a los modernos problemas de tipo jurídico relacionados con campos de la medicina o la genética. En ocasiones la investigación científica permite abordar temas de gran calado social como el Proyecto Genoma Humano y de implicaciones morales como el desarrollo del armamento nuclear.
Asimismo la investigación científica moderna requiere en ocasiones de importantes inversiones en grandes instalaciones como grandes aceleradores de partículas (CERN) la exploración espacial, o la investigación de la fusión nuclear en proyectos como ITER. En todos estos casos es deseable que los logros científicos conseguidos lleguen a la sociedad.

viernes, marzo 31, 2006

Auguste Comte

Auguste Comte


Biografia Auguste Comte (1798 - 1857)

Auguste Comte Nació en Montpellier, Francia, el 19 de enero de 1798. Aunque fue un estudiante precoz, no llegó a obtener un título universitario, hecho que influyó negativamente en su carrera docente. En 1818 se convirtió en secretario de Claude Henri Saint-Simon, un filósofo 38 años mayor que Comte. Trabajaron juntos durante varios años, pero en 1824 se separaron porque Comte pensaba que Saint-Simon no daba suficiente crédito a sus ideas. Más tarde Comte escribiría sobre su relación con Saint-Simon calificándola de "enseñanza mórbida en su adolescencia e impartida por un maquinador depravado". A pesar de la hostilidad tardía que sintió hacia Saint-Simon, Comte solía reconocer su deuda con él. En 1826 Comte planificó un curso integrado por setenta y dos lecciones públicas sobre su filosofía de la vida. El curso atrajo un público distinguido, pero su marcha se vio interrumpida después de la tercera lección debido a una crisis nerviosa. Comte siguió padeciendo problemas mentales y en 1827 intentó suicidarse arrojándose al río Sena. Aunque no llegó a ocupar una posición fija en la Ecole Polytechnique, Comte logró un pequeño trabajo como lector en 1832. En 1837 le fue concedido un puesto adicional de examinador para la admisión en la Escuela que, por vez primera, le proporcionó unos ingresos apropiados. Durante este periodo, Comte trabajó en los seis volúmenes de lo que sería su obra más conocida, Cours de Philosophie Positive, la cual la sociología constituía la ciencia última, al tiempo que arremetía contra la Ecole Polytechnique, a resultas de lo cual en 1844 no se renovó su contrato de ayudante. En 1851 terminó los cuatro volúmenes de su obra Système de Politique Positive, que constituía un esfuerzo más práctico por ofrecer un plan magno para la reorganización de la sociedad. Auguste Comte murió el cinco de septiembre de 1857.


El positivismo

Significados de la palabra positivo
(Discurso preliminar sobre el espíritu positivo)
Considerada en primer lugar en su acepción más antigua y común, la palabra positivo designa lo real, por oposición a lo quimérico: en este aspecto conviene plenamente al nuevo espíritu filosófico, caracterizado así como consagrado constantemente a las investigaciones verdaderamente asequibles a nuestra inteligencia, con exclusión permanente de los impenetrables misterios que la embarazaron, especialmente en su infancia. En un segundo sentido, muy próximo al precedente, pero distinto, indica el contraste entre lo útil y lo inútil: recuerda así, en filosofía, el debido destino de todas nuestras justas especulaciones en pro de la mejora continua de nuestra condición, individual y colectiva en lugar de la vana satisfacción de una curiosidad estéril. Su tercer significado usual señala la oposición entre la certeza y la indecisión: indica así la aptitud característica de tal filosofía para construir espontáneamente la armonía lógica en el individuo y la comunión espiritual entre toda la especie, en vez de aquellas dudas indefinidas y aquellas discusiones interminables que necesariamente suscitaba el antiguo régimen mental. Una cuarta acepción ordinaria, frecuentemente confundida con la anterior, consiste en oponer lo preciso a lo vago: este sentido recuerda la tendencia constante del verdadero espíritu filosófico a obtener en todo el grado de precisión compatible con la naturaleza de los fenómenos y conforme con la exigencia de nuestras verdaderas necesidades, mientras que la antigua manera de filosofar conducía necesariamente a opiniones vagas, por no implicar la indispensable disciplina y regirse por la sumisión a una autoridad sobrenatural.
Hay que subrayar, por último, una quinta aplicación, menos usada que las otras aunque igualmente universal: el empleo de la palabra positivo como lo contrario de negativo. En este sentido, indica una de las más eminentes propiedades de la verdadera filosofía, mostrándola especialmente destinada por su naturaleza no a destruir, sino a organizar. Los cuatro caracteres generales que acabamos de recordar la distinguen a la vez de todos los modos posibles —teológicos o metafísicos—propios de la filosofía inicial. Mas esta última significación, que indica una tendencia continua del nuevo espíritu filosófico, ofrece hoy especial importancia para caracterizar directamente una de sus principales diferencias, no ya con el espíritu teológico, que fue, durante mucho tiempo, orgánico, sino con el espíritu metafísico propiamente dicho que jamás ha podido ser más que critico. Cualquiera que haya sido, en efecto, la acción disolvente de la ciencia real, siempre fue indirecta y secundaria: su mismo defecto de sistematización ha impedido hasta ahora que pudiera ser de otro modo, y el gran papel orgánico que ahora se le confiere, se opondría en adelante a tal atribución accesoria y superflua. La sana filosofía rechaza radicalmente, es cierto, todas las cuestiones necesariamente insolubles; pero, al explicar tal repudio, evita negar algo respecto a ellas, pues ello contradiría a ese desuso sistemático que debe, por sí solo, acarrear la extinción de todas las opiniones verdaderamente indiscutibles. Más imparcial y tolerante para con ellas, en vista de su común indiferencia, que pudieran serlo sus opuestos partidarios, se atiende a apreciar históricamente su influencia respectiva, las condiciones de su duración y las causas de su decadencia, sin pronunciar jamás negación absoluta alguna, ni aun tratándose de las doctrinas más antipáticas al estado actual de la razón humana entre los pueblos cultos.
El único carácter esencial del nuevo espíritu filosófico que no hemos especificado aún dentro de la palabra positivo es su tendencia necesaria a sustituir en todo a lo absoluto por lo relativo. Pero este gran atributo, científico y lógico a la vez, es tan inherente a la naturaleza fundamental de los conocimientos reales, que su consideración general no tardará en unirse íntimamente a los diversos aspectos que esta fórmula combina ahora, cuando el moderno régimen intelectual, parcial y empírico hasta aquí, pase en general al estado sistemático. La quinta acepción que acabamos de apreciar es especialmente apropiada para determinar esta última condensación del nuevo lenguaje filosófico, plenamente constituido desde entonces, según la evidente afinidad de las dos propiedades. Se concibe, en efecto, que la naturaleza absoluta de las viejas doctrinas—teológicas o metafísicas—determinase necesariamente a cada una de ellas a resultar negativa respecto a todas las demás, so pena de degenerar ella misma en un absurdo eclecticismo. Pero, al contrario, la nueva filosofía, gracias a su genio relativo puede apreciar siempre el valor propio de las teorías que le sean más opuestas, sin acabar en vanas concesiones, capaces de alterar la nitidez de sus miras o la firmeza de sus decisiones.

Caracteres generales de la filosofía positiva
(Del Discurso preliminar sobre el conjunto del positivismo)


Considerando en su conjunto esta sumaria apreciación del espíritu fundamental del positivismo, hay que notar ahora que todos los caracteres esenciales de la nueva filosofía se resumen espontáneamente en la calificación que le apliqué desde su nacimiento. En efecto, todas nuestras lenguas occidentales Concuerdan en indicar con la palabra positivo y sus derivados los dos atributos de realidad y utilidad, cuya combinación bastaría para definir de aquí en adelante el verdadero espirito filosófico, que no puede ser, en el fondo, sino el buen sentido generalizado y sistematizado. Este mismo término recuerda también en todo el Occidente las cualidades de certeza y precisión que distinguen profundamente a la razón moderna de la antigua. Una última acepción universal caracteriza sobre todo la tendencia directamente orgánica del espíritu positivo, separándole, a pesar de la alianza preliminar, del mero espíritu metafísico, que sólo puede ser critico: se anuncia así el destino social del positivismo, para reemplazar al teologismo en el gobierno espiritual de la humanidad.
Esta quinta significación del titulo esencial de la sana filosofía conduce naturalmente al carácter siempre relativo del nuevo régimen intelectual, ya que la razón moderna no puede dejar de ser critica frente al pasado si no renuncia a todo principio absoluto. Cuando el público occidental haya comprendido esta última conexión, no menos real que las precedentes, aunque más escondida, lo positivo vendrá a ser definitivamente inseparable de lo relativo, como ya lo es de lo orgánico, lo preciso, lo cierto, lo útil y lo real. En esta condensación gradual de los principales titulas de la verdadera sabiduría humana en torno de una feliz denominación, sólo falta la reunión, necesariamente más tardía, de los atributos morales a los simples caracteres intelectuales. Aunque hasta ahora esta fórmula decisiva recordase sólo a éstos, la marcha natural del movimiento moderno permite asegurar que la palabra positivo tomará finalmente un destino aun más relativo al corazón que al espíritu.
Esta última extensión se cumplirá cuando se haya apreciado dignamente cómo, en virtud de esta realidad, única que le caracteriza, el impulso positivo lleva hoy a hacer prevalecer sistemáticamente el sentimiento sobre la razón, asé como sobre la actividad. Por tal transformación, el nombre de filosofía tomará para siempre el noble destino inicial que recuerda su etimología y que sólo se ha hecho realizable tras la reciente conciliación de las condiciones morales con las mentales, de acuerdo a la fundación definitiva de la verdadera ciencia social.

Objeto de la filosofía positiva
(Curso de filosofía positiva)


En el estado primitivo de nuestros conocimientos no existe división regular alguna entre nuestros trabajos intelectuales: todas las ciencias son cultivadas simultáneamente por los mismos espíritus. Este modo de organización de los estudios humanos—inevitable y aun indispensable, como comprobaremos más tarde—cambia poco a poco a medida que se desarrollan los diversos órdenes de concepciones. Por una ley cuya necesidad es evidente, cada rama del sistema científico se separa insensiblemente del tronco cuando ha crecido lo suficiente como para sostener una cultura independiente; es decir, cuando es capaz de poder ocupar por sé sola la actividad permanente de algunas inteligencias. A este reparto de las diversas clases de investigaciones entre diversos grupos de sabios, debemos evidentemente el desarrollo tan notable que ha tomado en nuestros días cada rama de los conocimientos humanos y que demuestra la imposibilidad, para los modernos, de aquella universalidad de investigaciones especiales, tan fácil y común en los tiempos antiguos. En una palabra, la división del trabajo, intelectual, perfeccionada cada vez más, es uno de los atributos característicos más importantes de la filosofía positiva.
Pero, aun reconociendo los prodigiosos resultados de esta división y aun viendo en ella la verdadera base fundamental de la organización general del mundo sabio, hay que comprender también los capitales inconvenientes que engendra en su estado actual por la excesiva particularidad de ideas que ocupan exclusivamente cada inteligencia individual. Tan perjudicial efecto es hasta cierto punto inevitable, como inherente al principio mismo de la división, es decir, que en modo alguno llegaremos a igualar a los antiguos, cuya superioridad en esto se basaba principalmente en el poco desarrollo de sus conocimientos. Pero podemos—creo—por medios convenientes, evitar los efectos más perniciosos de la especialidad exagerada, sin perjudicar la influencia vivificadora de la distribución de las investigaciones.
En efecto, basta hacer del estudio de las generalidades científicas una gran especialidad más. Que una nueva clase de sabios, preparados por una educación conveniente, sin entregarse al cultivo especial de ninguna rama particular de la filosofía natural y considerando las diversas ciencias positivas en su estado actual, se ocupe exclusivamente de determinar con precisión el espíritu de cada una, de descubrir sus relaciones y su encadenamiento y de resumir, si es posible, todos sus principios propios en el menor número de principios comunes, ajustándose siempre o las máximas fundamentales del método positivo. Que, simultáneamente, los otros sabios, antes de entregarse a sus respectivas especialidades, se dispongan, mediante una educación que abarque el conjunto de los conocimientos positivos, a aprovechar inmediatamente la Ilustración extendida por estos sabios dedicados al estudio de las generalidades, y unos y otros, recíprocamente, a rectificar sus resultados, estado de cosas a que se aproximan de día en día los sabios actuales.
Este es el destino que yo preveo para la filosofía positiva en el sistema general de las ciencias positivas propiamente dichas. (...)
Cuando se trata no sólo de saber lo que es el método positivo, sino de tener de él un conocimiento lo bastante claro y profundo como para utilizarlo efectivamente, hay que considerarlo actuando: hay que estudiar las diversas y grandiosas aplicaciones bien comprobadas que de él ha hecho ya el espíritu humano. En una palabra, sólo es posible llegar a él mediante el examen filosófico de las ciencias. No es posible estudiar el método aisladamente de las investigaciones en que se emplea, o resulta un estudio muerto, incapaz de fecundar el espíritu que a él se dedique. Todo lo real que de él se puede decir cuando se lo enfrenta en abstracto, se reduce a generalidades tan vagas que en nada Afluirán sobre el régimen intelectual. Si alguien establece lógicamente que nuestros conocimientos deben fundarse en la observación, que debemos proceder a veces de los hechos a los principios y a veces de los principios a los hechos, u otros aforismos análogos, conocerá mucho menos el método que si ha estudiado un poco profundamente una sola ciencia positiva, aun sin intención filosófica. Por haber desconocido este hecho esencial, nuestros psicólogos son inducidos a tomar sus ilusiones como ciencia, creyendo comprender el método positivo por haber leído los preceptos de Bacon o los discursos de Descartes.
No sé si más adelante se podrá hacer a priori un verdadero curso de método totalmente independiente del estudio filosófico de las ciencias; pero estoy seguro de que hoy es irrealizable, pues los grandes procedimientos lógicos no pueden aún ser explicados con la precisión suficiente aisladamente de sus aplicaciones. Me atrevo a añadir, además, que, aun cuando tal empresa pudiese realizarse inmediatamente—lo que, en efecto, es concebible—, sólo por el estudio de las aplicaciones regulares de los procedimientos científicos podríamos llegar a formarnos un buen sistema de hábitos intelectuales, objeto esencial del método. (...)
Considerando, a través de este curso, la sucesión de las diversas clases de fenómenos naturales, haré resaltar cuidadosamente una ley filosófica muy importante y totalmente inadvertida hasta hoy, cuya primera aplicación quiero señalar aquí. Consiste en que, a medida que los fenómenos que hay que estudiar son más complicados, resultan más susceptibles, por su naturaleza, de medios de exploración más extensos y variados, sin que, desde luego, haya exacta compensación entre el crecimiento de las dificultades y el aumento de éstos; por ello, a pesar de esta armonía, las ciencias dedicadas a los fenómenos más complejos—siguiendo la escala enciclopédica establecida desde el comienzo de esta obra—son las más imperfectas. Así, los fenómenos astronómicos, por ser los más simples, deben ser los que se encuentran con medios de exploración más limitados.
Nuestro arte de observar se compone, en general, de tres procedimientos diferentes: primero, observación propiamente dicha, o sea, examen directo del fenómeno tal como se presenta naturalmente; segundo, experimentación, o sea, contemplación del fenómeno más o menos modificado por circunstancias artificiales que intercalamos expresamente buscando una exploración más perfecta, y tercero, comparación, o sea, la consideración gradual de una serie de casos análogos en que el fenómeno se vaya simplificando cada vez más. (...)
El lugar de la sociología
(Sistema de política positiva. Discurso preliminar)
Cuando hemos ordenado todas las leyes abstractas de los diversos modos generales de actividad real, la apreciación efectiva de cada sistema particular de existencia deja enseguida de ser puramente empírico, aunque la mayoría de las leyes concretas nos sean aún desconocidas. Esto es especialmente sensible en el caso más difícil e importante: pues nos basta, evidentemente, conocer las principales leyes—estáticas y dinámicas—de la sociabilidad, para sistematizar convenientemente toda nuestra existencia pública y privada, de modo que perfeccionemos mucho el conjunto de nuestros destinos. Si la filosofía alcanza tal objeto (cosa ya indudable), no habrá que lamentar que no pueda explicar suficientemente todos los regímenes sociales que el tiempo y el espacio presenten a nuestras contemplaciones. Disciplinada por el verdadero sentimiento, la razón moderna sabrá en adelante regular sabiamente tal curiosidad indefinida que consumirla en búsquedas ociosas las débiles facultades especulativas de que la humanidad saca sus más preciosos recursos para su difícil lucha contra los vicios del orden natural. El descubrimiento de las principales leyes concretas podría, sin duda, contribuir mucho a la mejora de nuestros destinos exteriores y aun interiores; en este campo, especialmente, tiene nuestro porvenir científico amplia cosecha. Pero su conocimiento no es en modo alguno indispensable para permitir hoy la sistematización total que debe llenar, respecto al régimen final de la humanidad, el oficio fundamental que en otro tiempo cumplió la coordinación teológica respecto al régimen inicial. Esta inevitable condición no exige sino la mera filosofía abstracta; de suerte que la regeneración sería posible aún cuando la filosofía concreta jamás llegase a ser satisfactoria.
Resulta así, que la construcción de la unidad especulativa se halla tan elaborada en Occidente, que los verdaderos pensadores predispuestos a ella pueden comenzar, sin aplazamientos, la reorganización moral que debe preceder y dirigir a una efectiva reorganización política. Porque la teoría evolutiva antes mencionada constituye, bajo otro aspecto, una sistematización directa de nuestras concepciones abstractas sobre el conjunto del orden natural.
Para comprenderlo, basta tratar a nuestros diversos conocimientos reales como componentes de una ciencia única, la de la humanidad, de la que son preámbulo y desarrollo nuestras demás especulaciones positivas. Pero su elaboración directa exige, evidentemente, una doble preparación fundamental, relativa primero al estudio de nuestra condición exterior y después, al de nuestra naturaleza interior, pues la sociabilidad no sería comprensible sin la suficiente apreciación previa del medio en que se desenvuelve y del agente que la manifiesta. Antes de abordar la ciencia final, es preciso haber esbozado suficientemente la teoría abstracta del mundo exterior y la de la vida individual, para determinar la influencia continua de las leyes correspondientes sobre las que son propias de los fenómenos sociales. Esta preparación no es menos indispensable lógica que científicamente para adaptar nuestra pobre inteligencia a las especulaciones difíciles mediante el suficiente hábito de las fáciles. Finalmente, en esta iniciación doblemente necesaria, preferimos el orden inorgánico al orgánico, ya por la influencia preponderante de las leyes relativas a la existencia más universal sobre los fenómenos propios de la más especial, ya por la expresa obligación de estudiarla, conforme el método positivo, en sus aplicaciones más simples y características. Sería superfluo recordar aquí aún más los principios que mi obra fundamental ha establecido tan ampliamente.
La filosofía social debe, pues, en todos los aspectos, ser preparada por la natural propiamente dicha, primero inorgánica y después orgánica. Esta indispensable preparación de una construcción reservada a nuestro siglo se remonta así hasta la creación de la astronomía en la antigüedad. Los modernos la han completado esbozando la biología, de la que sólo fueron asequibles a los antiguos las nociones estáticas. Pero, a pesar de la subordinación necesaria de estas dos ciencias, su diversidad demasiado pronunciada y su encadenamiento demasiado indirecto impedirán concebir el conjunto del preámbulo fundamental, si, por una condensación exagerada, se intentase reducirle a sus términos extremos. Entre ellos, la química ha venido, en la edad media, a constituir un lazo indispensable que ya permitía entrever la verdadera unidad especulativa, por la sucesión natural de estas tres ciencias preliminares que conducían gradualmente a la ciencia final. Pero tal intermediaria, aunque bastante próxima al término biológico, no bastaría, por estar demasiado alejada del término astronómico, cuyo ascendiente directo exigía el empleo de condiciones artificiosas y aun quiméricas, capaces sólo de una eficacia pasajera. La verdadera jerarquía de las especulaciones elementales no ha podido, por tanto, comenzar a manifestarse hasta el anteúltimo siglo, cuando la física propiamente dicha ha hecho surgir una clase de contemplaciones inorgánicas que llega a la astronomía por su rama más general y a la química por la más especial. Para comprender esta jerarquía de acuerdo a su destino, basta referirla a su necesario origen, elevándola a especulaciones tan simples y universales que su positividad pudiese ser directa y espontánea. Tal es el carácter notorio de las concepciones puramente matemáticas, sin las cuales no podía nacer la astronomía. Sólo ellas constituyen siempre, en la educación individual y en la evolución colectiva, el verdadero punto de partida de la iniciación positiva, como relativas a especulaciones que, aun bajo la más completa dominación del espíritu teológico, suscitan necesariamente cierto remonte sistemático del espíritu positivo, extendido pronta y gradualmente a los temas que antes le estaban más prohibidos.
Conforme a estas sumarias indicaciones, la serie natural de las especulaciones fundamentales se constituye de por sí cuando se alinean, según su generalidad decreciente y su complicación creciente, los seis términos esenciales cuya introducción ha sido así determinada, y tal disposición hace resaltar en seguida sus verdaderas relaciones mutuas. Esta operación coincide, evidentemente, con la clasificación propia de la teoría evolutiva antes citada, que puede, por tanto, ser concebida como ofertara de una base directa para la sistematización abstracta, de donde depende—como acabamos de ver—el conjunto de la síntesis humana. La coordinación usual así establecida entre los elementos necesarios de todas nuestras concepciones reales constituye ya una verdadera unidad especulativa, cumpliéndose el deseo confuso de Bacon sobre la construcción de una escalla intelectui que permitiese a nuestros pensamientos habituales pasar sin esfuerzo de los menores a los más eminentes temas o a la inversa, con sentimiento continuo de su íntima solidaridad natural. Cada una de estas seis ramas esenciales de la filosofía abstracta, aunque muy distinta en su parte central de sus dos adyacentes, se adhiere profundamente a la precedente por su origen y a la siguiente por su fin. La homogeneidad y la continuidad de tal construcción son más completas si el principio mismo de clasificación, aplicado de modo más especial, determina también la verdadera distribución interior de las diversas teorías que componen cada rama. Por ejemplo, las tres grandes clases de especulaciones matemáticas, primero numéricas, después geométricas y finalmente mecánicas, se suceden y coordinan entre sí conforme a la misma ley que preside la formación de la escala fundamental. Mi tratado filosófico ha demostrado plenamente que semejante armonía interior existe en todo lugar. La serie general constituye así el resumen más conciso de las más vastas meditaciones abstractas, y, recíprocamente, todos los estudios especiales bien orientados culminan en otros tantos desarrollos parciales de esta jerarquía universal. Aunque cada parte exige inducciones distintas, cada una recibe de la anterior una influencia deductiva que será siempre tan indispensable para su constitución dogmática como lo fue al principio para su iniciación histórica. Todos los estudios preliminares preparan así la ciencia final que en adelante actuará sin cesar sobre su cultivo sistemático para hacer prevalecer, al fin, el verdadero espíritu de conjunto, siempre unido al verdadero sentimiento social. Esta indispensable disciplina no resultará opresora, ya que su principio concilia espontáneamente las condiciones permanentes de una sabia independencia con las de un concurso real. Subordinando, por su propia composición, la inteligencia a la sociabilidad, tal fórmula enciclopédica, eminentemente susceptible de popularizarse, coloca todo el sistema especulativo bajo la vigilancia—que es protección—de un público ordinariamente dispuesto a contener, en los filósofos, los diversos abusos inherentes al estado continuo de abstracción que su oficio les exige.

La ley de los tres estados
(Curso de filosofía positiva, lección 57)


Guiado siempre por los principios lógicos sentados en el tomo cuarto acerca de la extensión general del método positivo al estudio racional de los fenómenos sociales, he ido aplicando al conjunto del pasado mi ley fundamental de la evoquen humana, a la vez mental y social, demostrada alón de ese mismo volar y consistente en el paso necesario y universal de la humanidad por tres estados sucesivos: el teológico o preparatorio, el metafísico o transitorio y el positivo final. El acertado uso de esta sola ley me ha permitido explicar científicamente las grandes fases históricas, principales grados sucesivos de este invariable desarrollo, apreciando así el verdadero carácter general propio de cada una de ellas, su emanación natural de la precedente y su tendencia espontánea hacia la siguiente; de donde luego, por primera vez, la concepción usual de un enlace homogéneo y continuo en la serie de los tiempos anteriores, desde el primer destello de la inteligencia y de la sociedad hasta el actual estado refinado de la humanidad. Por inmenso que pueda parecer tal intervalo, hemos visto que se ha ido llenando con los dos primeros grados de la evolución fundamental, constituyendo así el conjunto de la educación preliminar, intelectual, moral y política, propias de nuestra especie, cuyo estado definitivo no ha podido ser hasta aquí suficientemente esbozado sino con la preparación parcial, aislada y empírica de sus diversos elementos principales. Pero, al menos, hemos reconocido de modo irrecusable, que este lento y penoso preámbulo de la humanidad, caracterizado por la preponderancia de la imaginación sobre la razón y de la actividad guerrera sobre la pacífica, ha sido totalmente cumplido por los pueblos más avanzados, ya que hemos podido seguir en toda su extensión el proceso de la era teológica y militar, viendo primero su inicial desarrollo espontáneo, después su completa extensión mental o social, y, finalmente, su irrevocable decadencia, determinada por el acrecentamiento continuo de la influencia metafísica, bajo el impulso creciente de los brotes positivos Estas tres fases principales de nuestro pasado han correspondido exactamente a las tres formas generales que afecta sucesivamente el espíritu teológico, necesariamente fetichista en su iniciación, politeísta en su época esplendorosa y monoteísta durante su inevitable decadencia. La elaboración histórica debía, pues, consistir aquí en apreciar especialmente el modo propio de participación de cada una de esas edades consecutivas en el destino general, indispensable aunque provisional, que, según nuestra teoría dinámica, corresponde al estado teológico en la evolución fundamental de la humanidad, época en que esta filosofía primitiva, a pesar de sus grandes dificultades y gracias a su admirable espontaneidad, es la única capaz de determinar el primer despertar de las diversas facultades intelectuales, morales y políticas que constituyen la permanencia de nuestra especie, y de dirigir su desarrollo hasta que comience a ser posible el estado definitivo.(...)
Conforme a este resumen general, nuestra apreciación histórica del conjunto del pasado humano constituye evidentemente una verificación decisiva de la teoría fundamental de evolución que he fundado y que—me atrevo a decir—está tan plenamente demostrada como ninguna otra ley esencial de la filosofía natural. Desde los comienzos de la civilización hasta la situación presente de los pueblos más adelantados, esta teoría nos ha explicado, sin inconsecuencia y sin pasión, el verdadero carácter de las grandes fases de la humanidad, la participación propia de cada una de ellas en la eterna elaboración común y su exacta filiación, poniendo así unidad perfecta y rigurosa continuidad en ese inmenso espectáculo donde se ve de ordinario tanta confusión e incoherencia. Una ley que ha podido llenar suficientemente tales condiciones no puede pasar por un simple juego del espíritu filosófico y contiene efectivamente la expresión abstracta de la realidad general. Tal ley puede, pues, ser empleada ahora, con seguridad racional, en unir el conjunto del porvenir con el del pasado, a pesar de la perpetua variedad que caracteriza la sucesión social, cuya marcha, sin ser periódica, se halla referida a una regla constante que, casi imperceptible en el estudio aislado de una fase demasiado circunscrita, resulta profundamente irrecusable cuando se examina la progresión total. El uso gradual de esta gran ley nos ha conducido a determinar, al abrigo de todo arbitrio, la tendencia general de la civilización actual, señalando con rigurosa precisión el paso ya alcanzado por la evolución fundamental; de donde resulta la indicación necesaria de la dirección que hay que imprimir al movimiento sistemático para hacerle converger exactamente con el movimiento espontáneo. Hemos reconocido claramente que lo más selecto de la humanidad, después de haber agotado las fases sucesivas de la vida teológica y aun los diversos grados de la transición metafísica llega ahora al advenimiento directo de la vida plenamente positiva, cuyos principales elementos han recibido ya la necesaria elaboración parcial y no esperan más que su coordinación general para constituir un nuevo sistema social, más homogéneo y estable que jamás pudo serlo el sistema teológico, propio de la sociabilidad preliminar. Esta indispensable coordinación deber ser, por su naturaleza, primero intelectual, después moral y finalmente política, ya que la revolución que se trata de consumar proviene, en último análisis, de la tendencia del espíritu humano a reemplazar el método filosófico propio de su infancia, por el que conviene a su madurez. Toda tentativa que no se remonte hasta esta fuente lógica, será impotente contra el desorden actual, que sin duda alguna, es ante todo mental. Pero, bajo este aspecto fundamental, el simple conocimiento de la ley de evolución viene a ser el principio general de tal solución, estableciendo entera armonía en el sistema total de nuestro entendimiento, por la universal preponderancia así procurada al método positivo, tras su extensión directa e irrevocable al estudio racional de los fenómenos sociales, los únicos que hasta hoy no han sido suficientemente interpretados por los espíritus más avanzados. En segundo lugar, este extremo cumplimiento de la evolución intelectual tiende a hacer prevalecer en adelante el verdadero espíritu de conjunto y, por tanto, el verdadero sentimiento del deber, a él unido por naturaleza, conduciendo así naturalmente a la regeneración moral. Las reglas morales no peligran hoy sino por su adherencia exclusiva a concepciones teológicas justamente desacreditadas; ellas tomarán irresistible vigor cuando estén convenientemente enlazadas con nociones positivas generalmente respetadas. Finalmente, bajo el aspecto político, es análogamente indudable que esta íntima renovación de las doctrinas sociales no se cumpliría sin hacer surgir, por su ejecución misma, del seno de la anarquía actual, una nueva autoridad espiritual que, después de haber disciplinado las inteligencias y reconstruido las costumbres, se convertirá pacíficamente, en toda la extensión del Occidente europeo, en la primera base esencial del régimen final de la humanidad. Resulta así que la misma concepción filosófica que, aplicada a nuestra situación, aclara en ella la verdadera naturaleza del problema fundamental, proporciona espontáneamente, en todo sentido, el principio general de la verdadera solución y caracteriza así la marcha necesaria de ella.

Metodología de las ciencias sociales
(Curso de filosofía positiva, lección 48)


Una marcha gradual nos conduce a la apreciación directa de esta última parte del método comparativo que debo distinguir, en sociología, con el nombre de método histórico, propiamente dicho, en el que reside esencialmente, por la naturaleza de tal ciencia, la única base fundamental en que realmente puede descansar el sistema de la lógica positiva.
La comparativa histórica de los diversos estados consecutivos de la humanidad no es el único artífice científico de la nueva filosofía política; su desarrollo racional formará también directamente el fondo mismo de la ciencia en todo sentido. Precisamente en esto debe distinguirse la ciencia sociológica de la biológica propiamente dicha, como explicaré con detalles en la lección siguiente. En efecto, el principio positivo de esta indispensable separación filosófica resulta de cierta influencia de las diversas generaciones humanas sobre las generaciones siguientes, la cual, gradual y continuamente acumulada, acaba por constituir la consideración preponderante del estudio directo del desarrollo social. Hasta que tal preponderancia no es reconocida, este estudio positivo de la humanidad debe parecer racionalmente un mero prolongamiento espontáneo de la historia natural del hombre. Pero este carácter científico, muy conveniente si se limita a las primeras generaciones, se borra cada vez más a medida que la evolución social se manifiesta, y debe transformarse finalmente, cuando el movimiento humano esté bien establecido, en un carácter nuevo, directamente propio de la ciencia sociológica, en que deben prevalecer las consideraciones históricas. Aunque este análisis histórico no parece destinado, por su naturaleza, más que a la sociología dinámica, es, sin embargo, indudable que alcanza al sistema entero de la ciencia, sin distinción de partes, en virtud de su perfecta solidaridad. Además de que la dinámica social constituye el principal objeto de la ciencia, se sabe—como antes expliqué—que la estática social es, en el fondo, racionalmente inseparable de ella, a pesar de la utilidad real de tal distinción especulativa, ya que las leyes de la existencia se manifiestan sobre todo durante el movimiento.
No sólo desde el punto de vista científico propiamente dicho debe el uso preponderante del método histórico dar a la sociología su principal carácter filosófico, sino también, y quizá de un modo más pronunciado, bajo el aspecto puramente lógico: en efecto, se debe reconocer—como estableceré en la lección siguiente—que, con la creación de esta nueva rama esencial del método comparativo, fundamental, la sociología perfeccionará también a su vez, siguiendo un modo exclusivamente reservado a ella, el conjunto del método positivo, en beneficio de toda la filosofía natural, con tal importancia científica que apenas puede ser hoy entrevista por los demás claros espíritus. Desde ahora, podemos señalar que este método histórico ofrece la verificación más natural y la aplicación más extensa de ese atributo característico que hemos demostrado anteriormente en la marcha habitual de la ciencia sociológica, y que consiste sobre todo en proceder del conjunto a los detalles.
Finalmente, hay que notar aquí, en el aspecto práctico, que la preponderancia del método histórico en los estudios sociales tiene también la feliz propiedad de desarrollar espontáneamente el sentimiento social, poniendo en plena evidencia directa y continua este necesario encadenamiento de los diversos acontecimientos humanos que nos inspira hoy, aun hacia los más lejanos, un interés inmediato, recordándonos la influencia real que ha ejercido en el advenimiento gradual de nuestra propia civilización. Conforme a la bella observación de Condorcet, ningún hombre culto pensará ahora, por ejemplo, en las batallas de Maratón o Salamina, sin apreciar enseguida las importantes consecuencias de ellas para los destinos actuales de la humanidad. sería inútil insistir más sobre tal propiedad que recibirá durante todo el volumen una aplicación continua explícita y, aun más, implícita. No es necesaria demostración formal alguna para comprobar la aptitud espontánea de la historia para destacar la intima subordinación general de las diversas edades sociales. Sólo importa, a este respecto, no confundir tal sentimiento de la solidaridad social con el interés simpático que deben excitar todos los aspectos de la vida humana y aun meras ficciones análogas. El sentimiento de que aquí se trata es a la vez más profundo—por resultar personal en cierto modo—y más reflexivo —como resultante sobre todo de una convicción científica—, por lo que no será convenientemente desarrollado por la historia vulgar en el estado puramente descriptivo; pero si lo será, y exclusivamente, por la historia racional y positiva tomada como ciencia real y que dispone el conjunto de los acontecimientos humanos en series coordinadas donde se muestra con evidencia su encadenamiento gradual.
Terminando esta previa apreciación general del método histórico propiamente dicho, como constitutivo del mejor modo de exploración sociológica, hay que subrayar que la nueva filosofía política, consagrando, tras un libre examen racional, las antiguas indicaciones de la razón pública, restituye a la historia la total plenitud de sus derechos científicos para servir de base indispensable a las especulaciones sociales, a pesar de los sofismas, demasiado acreditados aún, de una vana metafísica que tiende a desentenderse, en política, de toda consideración amplia del pasado.

El progreso social
(Curso de filosofía positiva, lección 47)


Los filósofos de la antigüedad, faltos de observaciones políticas suficientemente completas y extensas, carecieron de toda idea de progreso social. Ninguno de ellos pudo sustraerse a la tendencia, entonces tan universal como espontánea, de considerar al estado social de su tiempo como radicalmente inferior al de tiempos anteriores. Esta disposición era natural y legitima, ya que la época de estos trabajos filosóficos coincidía esencialmente—como explicaré después—con la de la necesaria decadencia del régimen griego o romano. Y esta decadencia, constituye un verdadero progreso como preparación indispensable para el régimen más avanzado de tiempos posteriores, no podía ser juzgada así por los antiguos, bien ajenos a sospechar tal sucesión. He indicado ya, en la lección precedente, el primer esbozo de la noción o, mejor, del sentimiento de progreso de la humanidad como atribuible al cristianismo, que, al proclamar la superioridad fundamental de la ley de Jesús sobre la de Moisés, había formulado la idea, hasta entonces desconocida de un estado más perfecto que reemplazaba definitivamente a otro menos perfecto, que, a su vez y tiempo, había sido también indispensable. Aunque el catolicismo no haga así más que servir de órgano general al desarrollo natural de la razón humana, esta preciosa labor no dejará de constituir para los ojos imparciales de los verdaderos filósofos uno de sus más bellos titulas, merecedores de eterno reconocimiento. Pero, independientemente de los graves inconvenientes de misticismo y vaga oscuridad, inherentes a todo empleo insuficiente para constituir un Concepto científico del progreso social, pues éste se hallaba cerrado por la fórmula misma que le proclama, por estar entonces irrevocablemente limitado del modo más absoluto, al advenimiento del cristianismo, más allá del cual la humanidad no podría dar un paso. Pero, estando ya, y para siempre, agotada la eficacia social de toda filosofía teológica, es evidente que esta concepción presenta para el porvenir un carácter esencialmente retrógrado confirmando una irrecusable experiencia que no cesa de cumplirse ante nuestros ojos. Observando científicamente se ve que la condición de continuidad constituye un elemento indispensable de la noción definitiva del progreso de la humanidad, noción que resultaría impotente para dirigir el conjunto racional de las especulaciones sociales, si representase al progreso como limitado por naturaleza a un estado determinado, ya hace tiempo logrado.
Por todo ello se ve que la verdadera idea de progreso, parcial o total, pertenece necesaria y exclusivamente a la filosofía positiva, a la que ninguna otra podría suplantar en tal sentido Sólo esta filosofía podrá descubrir la verdadera naturaleza del progreso social, es decir, caracterizar el término final, jamás realizable, hacia el que tiende a dirigir a la humanidad, y hacer conocer a la vez la marcha general de este desarrollo gradual. Tal atribución es ya claramente verificada por el origen totalmente moderno de las únicas ideas de progreso continuo que tienen hoy un carácter verdaderamente racional y que se refiere sobre todo al desarrollo efectivo de las ciencias positivas, de donde aquellas se derivan. La primera muestra satisfactoria del progreso general pertenece a un filósofo esencialmente dirigido por el espíritu geométrico, cuyo desarrollo, como tan frecuentemente he explicado, debía preceder al de todo otro modo más complejo del espíritu científico. Pero, sin asignar a esta observación personal una importancia que el sentimiento del progreso de las ciencias es el único que pudo inspirar a Pascal este admirable aforismo fundamental: «Toda la sucesión de los hombres durante la larga serie de siglos debe ser considerada como un solo hombre, que subsiste siempre y que aprende continuamente.» ¿Sobre qué otra base podía reposar antes tal noción? Cualquiera que haya sido la eficacia de esta primera visión, es preciso reconocer que las ideas de progreso necesario y continuo no han comenzado a adquirir verdadera consistencia filosófica ni a reclamar la atención pública sino a raíz de la memorable controversia del siglo anterior sobre la comparación general entre los antiguos y los modernos. Esta discusión solemne, cuya importancia ha sido hasta aquí poco apreciada, constituye, a mi entender, un verdadero acontecimiento en la historia de la razón humana, que por primera vez se abrevia a proclamar así su progreso. No es necesario subrayar que el espirito científico era el principal animador de los jefes de este gran movimiento filosófico, y constituía toda la fuerza real de su argumentación general, a pesar de la dirección viciosa que tenia en otros sentidos; hasta se ve que sus más ilustres adversarios por una contradicción bien decisiva, proclamaban preferir el cartesianismo a la antigua filosofía.
Por sumarias que sean tales indicaciones, bastan para caracterizar irrecusablemente el origen de nuestra noción fundamental del progreso humano, que, espontáneamente nacido del desarrollo gradual de las diversas ciencias positivas, aún halla hoy en ellas sus fundamentos más firmes. En el último siglo esta gran noción ha tendido a abarcar cada vez más el movimiento político de la sociedad, extensión final que, como antes indiqué, no podía adquirir verdadera importancia propia hasta que el enérgico impulso determinado por la revolución francesa manifestase profundamente la tendencia necesaria de la humanidad hacia un sistema político poco caracterizado aún, pero desde luego radicalmente diferente del sistema antiguo. Sin embargo, por indispensable que haya sido tal condición preliminar, está muy lejos de ser suficiente, ya que, por su naturaleza, se limita esencialmente a dar una simple idea negativa del progreso social. Sólo a la filosofía positiva, convenientemente completada por el estado de los fenómenos políticos, corresponde acabar lo que sólo ella comenzó, representando en el orden político, igual que en el científico, la serie integra de las transformaciones anteriores de la humanidad, como evolución necesaria y continua de un desarrollo inevitable y espontáneo cuya dirección final y marcha general están exactamente determinadas por leyes plenamente naturales. El impulso revolucionario, sin el que este gran trabajo hubiera sido ilusorio y aun imposible, no podría anularle en sentido alguno. Hasta es evidente, como expliqué en el capítulo anterior, que una preponderancia demasiado prolongada de la metafísica revolucionaria tiende, por diversos modos, a estorbar la sana concepción del progreso político. Sea como fuere, no hay que extrañarse ahora si la noción general del progreso social permanece aún vaga y oscura y, por tanto, incierta. Las ideas son todavía demasiado poco avanzadas a este respecto para poder evitar que una confusión capital que debe parecer a los científicos extremadamente grosera, domine habitualmente a la mayoría de los espíritus actuales: me refiero a ese sofisma universal, que las menores nociones de filosofía matemática deberían resolver en seguida, y que consiste en tomar un crecimiento continuo por un crecimiento ilimitado, sofisma que, para vergüenza de nuestro siglo, sirve casi siempre de base a las estériles controversias que diariamente se reproducen acerca de la tesis general del progreso social.

Conciliación positiva del orden y el progreso
(Discurso sobre el espíritu positivo)


Por lo pronto, no se puede desconocer la aptitud espontánea de tal filosofía para constituir directamente la conciliación fundamental, tan en vano buscada aún, entre las exigencias simultáneas del orden y del progreso, ya que le basta para ello extender a los fenómenos sociales una tendencia plenamente conforme a su naturaleza y que ha hecho ahora muy familiar en los demás casos esenciales. En un tema cualquiera, el espirito positivo conduce siempre a establecer una exacta armonía elemental entre las ideas de existencia y las de movimiento, de donde resulta, más especialmente para los cuerpos vivos, la correlación permanente de las ideas de organización con las de vida, y luego, por una última especialización propia del organismo social, la solidaridad continua de las ideas de orden con las de progreso. Para la nueva filosofía, el orden constituye la condición continua y fundamental del progreso; y, recíprocamente, el progreso viene a ser el objeto necesario del orden: igual que en la mecánica animal, el equilibrio y el progreso son mutuamente indispensables, como fundamento o como destino.
Especialmente considerado en cuanto al orden, el espíritu positivo le presenta hoy, en su extensión sociales poderosas garantías directas, no sólo científicas, sino también lógicas, que podrán juzgarse pronto como muy superiores a las vanas pretensiones de una teología retrógrada, cada vez más degenerada, desde hace siglos, en activo elemento de discordias individuales o nacionales, e incapaz de contener las futuras divagaciones subversivas de sus propios adeptos. Atacando al desorden actual en su verdadero origen, necesariamente mental, reconstruye, todo lo profundamente que puede, la armonía lógica, regenerando los métodos antes que las doctrinas por triple y simultánea conversión de la naturaleza de las cuestiones dominantes, del modo de tratarlas y de las condiciones previas de su elaboración.
Otro tanto ocurre, y con más evidencia aún, respecto al progreso, que, a pesar de las vanas pretensiones ontológicas, halla hoy su más indiscutible manifestación en el conjunto de los estudios científicos. Conforme a su naturaleza absoluta y, por tanto, esencialmente inmóvil, la metafísica y la teología no podrán experimentar, apenas una más que la otra, un verdadero progreso, es decir, un avance continuo hacia un fin determinado. Sus transformaciones históricas consisten sobre todo, al contrario, en un creciente desuso, mental o social, sin que los temas debatidos hayan podido nunca dar un paso real, por razón misma de su radical insolubilidad.
Esta doble indicación de la aptitud fundamental del espíritu positivo para sistematizar espontáneamente las sanas nociones del orden y del progreso basta aquí para señalar someramente la alta eficacia social propia de la nueva filosofía general. Su valor, en este aspecto, depende sobre todo de su plena realidad científica, o sea, de la exacta armonía que establece siempre y en el grado posible entre los principios y los hechos, tanto para los fenómenos sociales como para todos los demás.

Auguste Comte: Discurso sobre el espíritu positivo. Madrid: Aguilar.
Renè Hubert: Comte. Selección de textos. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.

miércoles, marzo 22, 2006

Henri de Saint Simon

Henri de Saint - Simon


Biografia de Claude Henri de Rouvroy, Conde de Saint-Simon (1760-1825)

Nació en la nobleza francesa y afirmo ser descendiente de Carlomagno, él cual le había encomendado "salvar la Republica francesa tras la revolución".
Publico una obra en 1817 titulada "De l' industrie", luego publico en 1819 "Catécisme des Industriels" y finaliza en 1825 con la obra "Le Nouveau christianisme".
El conde de Saint-Simon fue más bien precursor de la sociología que teórico de la economía, siendo este unos de los primeros en proponer crear una "ciencia positiva de la moral y la política, y de la humanidad en general", es decir, que la sociedad puede ser objeto de un estudio científico. Logro fundar una escuela de seguidores que influyo en una serie de pensadores importantes que incluían a Auguste Comte, Karl Marx y John Stuart Mill.
Muchos autores critican a Saint-Simom por no haber definido claramente ningún concepto, y que su terminología (pobres, ricos, abejas, zánganos, industriales, sabios, hombres representativos) no corresponde a una clasificación rigurosa de las funciones económicas. Además hay algunos autores que han negado que el conde de Saint-Simon hubiera sido un socialista, ya que no llego a presenciar la primera revolución proletaria. Sin embargo, los que opinan que Saint-Simon fue socialista, se basan en que su doctrina fue tomada por los posteriores socialistas y que sus propuestas fueron de carácter netamente socialista (como la de una economía planificada).

Pensamiento y propuestas del conde de Saint-Simon:

Para Saint-Simon la propiedad privada era una fuente de desorden, al ser la causa de que los productores no consiguieran capitales baratos y en suficiente cuantía, pues " las abejas carecían de capitales; para procurárselos". También para el conde la propiedad privada era un tipo de "monopolio", porque permitía a aquellos que no producen, como los propietarios, apoderarse sin esfuerzo alguno de la renta de los que si producen, como los industriales o los obreros.
Saint-Simon desarrollo una teoría evolutiva de la historia, donde se yuxtaponían dos sistemas sociales contradictorios, una que correspondía a la Francia prerrevolucionaria basada en fuerza militar y la aceptación de la fe religiosa, y otra que correspondía a la Francia después de la revolución basada en la capacidad industrial y en la aceptación voluntaria del conocimiento científico. Para Saint-Simon "la ciencia y la industria constituían los sellos de la edad moderna".
Manifiesta que la clase de los industriales (médicos, químicos, albañiles, mecánicos, banqueros, etc.) es el sector trabajador y creador de la sociedad, mientras el sector de los nobles y propietarios son los "parásitos" de la sociedad. Realiza una critica al orden social establecido y propone y predice para el futuro un orden social guiado por la clase industrial, pero de "bases igualitarias" (que seria el igualitarismo liberal de igualdad de oportunidades).
Pensaba que la cooperación económica y la organización industrial surgirían por si solos en el progreso de la sociedad. Manifestaba haber descubierto gracias al estudio histórico que una creciente comunidad de intereses y no en el egoísmo, acompaña el avance de la civilización.
El principal objetivo del nuevo orden social era "el control de los seres humanos sobre las cosas, no sobre las personas". Para ello se necesitaría una administración de tipo tradicional y evitar que el gobierno intervenga en la esfera industrial. Diversos escritores o cronistas critican la falta de coherencia en sus programas de reorganización.
Realizo un plan para constituir un "parlamento industrial", que según se cree fue inspirado en el gobierno británico. Para algunos autores el parlamento industrial es un anteproyecto de una economía totalmente planificada. Este parlamento estaría constituido por tres cuerpos:
El primero (Cámara de los Inventos) estaría compuesto por 300 miembros: 200 ingenieros civiles, 50 poetas, 25 artistas, 15 arquitectos y 10 músicos. Su primer cometido, según Saint-Simon, seria redactar un plan de obras publicas. La segunda asamblea (la Cámara de Examen) también tendría 300 miembros, en su mayoría matemáticos y físicos. Su tarea consistiría en evaluar la viabilidad y deseabilidad de los proyectos propuestos por la primera camera y también desarrollar un plan director de educación publica. Finalmente, una tercera asamblea (la Cámara de ejecución), de un numero indeterminado de miembros, incluiría representantes de cada sector industrial. La tercera camera era la mas importante en el plan general. Ejercía derecho de veto sobre todos los proyectos propuestos y aprobados por las cámaras de inventos y examen, y también podría recaudar impuestos. (Ekelund & Herbert; 1991).
En la producción de bienes privados, Saint-Simon propuso una "confederación de asociaciones profesionales", que fuera numerosa y que tuviera un "objetivo industrial común" (que era el aumento del producto). Así se podría contribuir a la eficiencia económica, compartir el conocimiento y la tecnología entre sus miembros.

La escuela de Saint-Simon:

Fue una escuela que se convirtió en un culto y que llego extenderse por toda Francia y a otros países. Su doctrina procedía de la obra escrita por Saint-Simon "Le Nouveau christianisme"(El nuevo cristianismo), la cual se trata de un dialogo imaginario entre un conservador y un innovador, en la que el innovador gana gracias a la exposición de la doctrina de Saint-Simon (demostrando que la sociedad necesita reorganizarse mediante una nueva escala de valores, y que en la nueva sociedad las oportunidades serán iguales para todos y las capacidades de todos los hombres serán aprovechadas, sin importar su origen social). El valor mas importante de la iglesia es "el mayor bien para el mayor numero posible". Profesaban la idea que la clase social más numerosa y más pobre es la que poseía los verdaderos resortes del nuevo orden del futuro.
Tuvieron a lideres como Olinde Rodríguez, Enfantin, Bazard. Muchos de sus miembros se convirtieron en prósperos hombres de negocio, que incluso llegaron a intervenir en la construcción del canal de Suez. Además, muchos de sus miembros fueron tildados de fanáticos en extremo, mientras que otros ganaban fama por su búsqueda del placer físico y sus frecuentes orgías.
Sus miembros se manifestaban a favor de desmembrar y limitar la propiedad privada; ya que esta no es por derecho natural, sino que es por "un hecho social sometido, como todos los hechos sociales, a la ley del progreso; por tanto puede ser entendida, definida y regulada de mil maneras, según las épocas". También proponían la supresión de la herencia para favorecer a los que producen (abejas), a expensas de los que no producen (zánganos).

El ideal del industrialismo
La fisiología social o ciencia del hombre
(De La Physiologie sociale)

El ámbito de la fisiología, considerada en términos generales, está compuesto por todos los hechos en que participan los seres organizados...
Enriquecida por todos los hechos que han sido descubiertos mediante cuidadosas investigaciones realizadas en las mencionadas direcciones, la fisiología general produce consideraciones de un orden más elevado. Se sitúa por encima de los individuos, que sólo son para ella órganos del cuerpo social cuyas funciones orgánicas debe estudiar.
Porque la sociedad no es una simple aglomeración de seres vivientes... La sociedad, por el contrario, es una verdadera máquina organizada cuyas partes contribuyen de diferente manera al funcionamiento del conjunto.
La reunión de hombres forma un verdadero ser, cuya existencia es más o menos vigorosa o vacilante según sus órganos cumplan o no con la función que tiene encomendada cada uno.
Si se le considera y estudia como un ser animado, el cuerpo social, en su nacimiento y en sus diferentes etapas, presenta un modo de vida que varía según cada una de ellas, de manera semejante a como la fisiología del infante no es la del adulto y la del viejo es distinta de la de momentos anteriores de la vida.
La historia de la civilización no es, pues, sino la historia de la vida de la especie humana, es decir la fisiología de sus diferentes edades, de igual manera que la historia de sus instituciones es la de los conocimientos higiénicos que ha puesto en práctica para la conservación y mejora de la salud general.
La economía política, la legislación, la moral pública y todo lo que comprende la administración de los intereses generales de la sociedad son un repertorio de reglas higiénicas cuya naturaleza debe variar según la etapa de civilización. Y la fisiología general es la ciencia que más datos posee para poder constatar la etapa en cuestión y para poder describirla...
La política incluso, considerada no como sistema hostil concebido por cada nación para engañar a sus vecinos sino como ciencia cuyo fin es procurar a la humanidad el máximo posible de felicidad, es una fisiología general que considera a los diferentes pueblos como órganos distintos cuya reunión forma un solo ser (la especie humana) y a cuyo crecimiento deben cooperar realizando las acciones específicas que se derivan de la naturaleza propia de cada uno de ellos...
La fisiología es, pues, la ciencia de la vida individual y de la vida social, cuyos engranajes son los individuos. En todas las máquinas, la perfección de los resultados depende de la armonía establecida entre los mecanismos que la componen: cada uno de ellos debe aportar necesariamente su cuota de acción y reacción y el desorden sobreviene rápidamente cuando causas perturbadoras aumentan viciosamente la actividad de unos a expensas de la de otros.
Considerada como un solo ser viviente, la especie humana puede ofrecer irregularidades parecidas durante los diferentes períodos de su existencia. Nuestro interés radica, pues, en estudiar la causa de los desarreglos a fin de poder prevenirlos o hacerlos desaparecer si no se ha podido impedir su producción.
Una fisiología social sobre los hechos que resultan de la observación directa de la sociedad y una higiene que contenga los preceptos aplicables a tales hechos son, pues, las únicas bases positivas sobre las que puede establecerse el sistema de organización que reclama el estado actual de la civilización.

(De El Sistema Industrial)

Si quisiéramos considerar tan importante cuestión política desde el punto de vista más asequible a los gobiernos bastaría con determinar cuál es el orden de cosas que hoy puede adquirir estabilidad.
Pues bien, la única constitución sólida y duradera es, evidentemente, la que se apoya en aquellas fuerzas temporales y espirituales cuya influencia es, en la actualidad, preponderante y cuya superioridad tiende, al mismo tiempo, a hacerse cada vez más evidente, por la evolución natural de las cosas. Sentado este principio, no cabe duda de que la observación del pasado es el único modo de descubrir sin vacilaciones cuáles son estas fuerzas y determinar igualmente con la mayor exactitud posible su tendencia y su grado de superioridad. Es evidente, por otra parte, que el estudio del progreso de la civilización debe constituir la base de los razonamientos políticos que han de orientar a los hombres públicos en la elaboración de sus planes generales de acción. A causa de que incluso los más capacitados no han seguido nunca tal método; a causa de que se han limitado a analizar el estado actual de la sociedad, haciendo abstracción de todo lo que ha precedido, su política ha carecido hasta el momento de verdaderas bases.
Ningún análisis del presente, considerado de forma aislada, por mucha que sea la habilidad con que pueda hacerse, es capaz de suministrar algo más que datos sumamente superficiales e incluso totalmente equivocados; ya que se corre el riesgo de confundir, y equiparar dos tipos de elementos que coexisten en el estado actual del cuerpo político, y que es fundamental distinguir, a saber: los restos de un pasado que se apaga y la semilla de un futuro que surge
Esta distinción, útil en todas las épocas para el esclarecimiento de las ideas políticas, es fundamental en la actualidad, cuando nos enfrentamos con la mayor revolución de la especie humana.
Ahora bien, ¿cómo distinguir, sin ser guiados por la observación profunda del pasado, los elementos sociales relativos al sistema que tiende a desaparecer, de los que corresponden al sistema que tiende a constituirse,
Y, sin haber establecido escrupulosamente tal distinción, ¿qué sagacidad humana podría evitar el confundir a menudo las fuerzas realmente preponderantes, con las fuerzas que no son ya más que simples sombras y que, por así decir, tienen una existencia metafísica?
Resulta, pues, indispensable para los gobiernos, si quieren comprender la actual crisis social en su verdadero significado y descubrir los medios más adecuados para ponerle fin, establecer como base de sus razonamientos las consecuencias generales que se desprenden de un análisis del progreso de la civilización.
Pero hay que considerar también que tal análisis sólo será instructivo y útil cuando se remonte a un pasado lo suficientemente remoto, y siempre que se refiera a la totalidad del sistema social o a sus elementos más fundamentales Si se parte de una época demasiado próxima, o si se limita a un aspecto muy particular, podría dar lugar a nuevos errores.

Sistema feudal y teológico y sistema industrial y científico
(De El Sistema Industrial)

La crisis que, desde hace treinta años, afecta al cuerpo político tiene como principal causa el cambio total del sistema social que tiende a realizarse en la actualidad, en las naciones más civilizadas, como resultado final de todas las modificaciones que el antiguo orden político ha venido experimentando hasta nuestros días. En términos más concretos, esta crisis consiste fundamentalmente en el paso del sistema feudal y teológico al sistema industrial y científico. Durará, inevitablemente, hasta que la formación del nuevo sistema se haya consolidado plenamente.
Estas verdades fundamentales han sido hasta el momento ignoradas, y lo siguen siendo todavía, por gobiernos y gobernantes; o, mejor dicho, unos y otros las han interpretado de una forma vaga e incompleta. El siglo XIX sigue dominado por el carácter crítico del siglo XVIII; no ha revestido todavía el carácter organizador que parecía corresponderle. Esta es la verdadera y fundamental causa de la terrible prolongación de la crisis y de las violentas tormentas de que hasta el momento ha venido acompañada. Pero esta crisis habrá de terminar necesariamente, o, al menos, se convertirá en un simple movimiento moral, en el momento mismo en que aceptemos la sublime misión que el proceso de la civilización nos ha asignado, y en el momento mismo en que las fuerzas temporales y espirituales que han de entrar en actividad abandonen su estado de inercia.
El trabajo filosófico del que hoy presento al público una primera parte tendrá como finalidad general desarrollar y demostrar las importantes proposiciones que someramente acabamos de enunciar; fijar, en la medida de lo posible, la atención general sobre el verdadero carácter de la gran reorganización, gradualmente preparada por la serie de progresos que la civilización ha realizado hasta el presente, ha llegado en la actualidad a su plena madurez, y que no podrá actualizarse sin graves inconvenientes; señalar, de forma clara y precisa, el proceso a seguir para realizarla con calma, con seguridad y prontitud, a pesar de los obstáculos reales; en una palabra, ayudar, en la medida en que la filosofía pueda hacerlo, a determinar la formación del sistema industrial y científico, cuya implantación es el único medio de poner fin a la actual tormenta social.
La doctrina industrial, me atrevo a anticiparlo, sería comprendida fácilmente y admitida sin excesivo esfuerzo si los espíritus adoptaran el punto de vista más conveniente para comprenderla y juzgarla.
Desgraciadamente no ocurre así. Actitudes mentales viciadas y profundamente arraigadas se oponen generalmente a la comprensión de esta doctrina. La Tábula Rasa de Bacon sería infinitamente más necesaria para las ideas políticas que para cualquier otro tipo de ideas; y, por el mismo motivo, experimentarla, con respecto a este tipo de ideas, muchas más dificultades.
Las mismas dificultades que los sabios sufrieron para convertir al verdadero espirito de la astronomía y de la química, mentalidades hasta entonces acostumbradas a considerar talos ciencias a la manera de los astrólogos y alquimistas, se manifiestan hoy en el campo de la política, en el que se pretende introducir un cambio semejante: el paso de lo conjetural a lo político, de lo metafísico a lo físico.
Obligado a luchar contra estados de opinión universalmente aceptados, creo conveniente superarlos y anticipar una parte de mi trabajo, explicando aquí, de forma general y somera, la influencia que en política han tenido y siguen teniendo las doctrinas vagas y metafísicas, el error que induce a confundirlas con la verdadera política y, por último, la necesidad actual de abandonarlas.
El sistema industrial y científico ha nacido y se ha desarrollado bajo el dominio del sistema feudal y teológico. Ahora bien, esta simple coincidencia basta para demostrar que, entre dos sistemas tan absolutamente opuestos, debe existir una especie de sistema intermedio e impreciso, destinado exclusivamente a modificar el antiguo sistema de forma que permita el desarrollo del sistema nuevo y, más adelante, llevar a cabo la transición. Es el hecho histórico general más fácilmente deducible de los datos de que disponemos. Todo cambio ha de efectuarse necesariamente de forma gradual, tanto en lo temporal como en lo espiritual. En este caso, el cambio era tan grande, y, por otra parte, el sistema feudal y teológico rechazaba de tal forma, por su propia naturaleza, todo tipo de modificaciones que ha sido preciso, para que éstas pudieran producirse, la acción especial y continuada durante varios siglos de clases particulares surgidas del antiguo régimen, pero distintas y, hasta cierto punto, independientes de aquél y que consiguientemente, por el mero hecho de su existencia política, han debido constituir en el seno de la sociedad lo que yo llamo, por abstracción, un sistema de transición. Estas clases han sido, en lo temporal, la de los legistas y en lo espiritual, la de los metafísicos, que han elaborado una acción política común, del mismo modo que el feudalismo y la teología, o la industria y las ciencias de la observación.
El hecho general al que acabo de referirme es de la mayor importancia. Se trata de uno de los datos fundamentales que deben servir de base a la teoría positiva de la política. Y es el dato que más importa aclarar en la actualidad porque la vaguedad y oscuridad en que hasta hoy ha estado sumido constituye, en este momento, el mayor obstáculo para la comprensión de las ideas políticas, la causa de casi todas las divagaciones.
Sería totalmente afilosófico no admitir la útil e importante influencia ejercida por los legistas y los metafísicos para modificar el sistema feudal y teológico, y para impedir que ahogara al sistema industrial y científico en sus primeras manifestaciones.
A los legistas, debemos la abolición de las justicias feudales, el establecimiento de una jurisprudencia menos opresiva y más regularizada. ¡Cuántas veces nos ha servido, en Francia, la acción de los parlamentos para defender a la industria frente al feudalismo! Reprochar a estos cuerpos su ambición es como lamentar los efectos inevitables de una causa útil, razonable y necesaria; es quedarse al margen de la cuestión. En cuanto a los metafísicos, obra suya es la reforma del siglo XVI, y el establecimiento del principio de la libertad de conciencia que minó en su base al poder teológico.
Sería salirme de los límites de un prefacio insistir más en observaciones que cualquier espíritu justo será capaz de desarrollar fácilmente a partir de las indicaciones anteriores. En lo que a mi respecta, declaro que no concibo cómo hubiera podido modificarse el antiguo sistema y desarrollarse el nuevo sin la intervención de los legistas y de los metafísicos.
Por otra parte, si es absurdo negar la participación de los jurisconsultos y metafísicos en el avance de la civilización, sería muy peligroso exagerar dicha participación o, mejor dicho, ignorar su verdadera naturaleza. En virtud de su mismo destino la influencia política de los legistas y metafísicos se ha limitado a una existencia pasajera, ya que no era más que modificadora, de transición, y en absoluto organizadora. Terminó de cumplir su función en el momento mismo en que el antiguo sistema perdió la mayor parte de su poder y las fuerzas del nuevo empezaron a predominar realmente en la sociedad, tanto en lo temporal como en lo espiritual. Si se hubiera limitado a esta función, plenamente conseguida desde mediado el siglo pasado, la carrera política de los legistas y de los metafísicos no hubiera dejado de ser útil y honorable, mientras que en realidad se ha convertido en algo perjudicial, por haber superado sus límites naturales.
Cuando se declaró la revolución francesa no se trataba de modificar el sistema feudal y teológico, que ya había perdido todas sus fuerzas reales. Se trataba de organizar el sistema industrial y científico, llamado, por la fuerza misma de la civilización, a sustituir al anterior. Eran, por consiguiente, los industriales y los sabios quienes debían ocupar la escena política, desempeñando cada uno de ellos sus papeles naturales. En vez de ello, los legistas se pusieron a la cabeza de la Revolución y la dirigieron con las doctrinas de los metafísicos. Es inútil recordar qué extrañas divagaciones fueron su consecuencia y qué males resultaron de tales divagaciones. Pero hay que señalar cuidadosamente, que, a pesar de tan gran experiencia, los legistas y los metafísicos han seguido dirigiendo todos los asuntos, y que son ellos quienes en la actualidad presiden los debates políticos.
Esta experiencia, por costosa que haya sido, y a pesar de su importancia, seguirá resultando estéril a causa de su misma complicación si no se demuestra, mediante un análisis directo, la absoluta necesidad de arrebatar a los legistas y a los metafísicos la influencia política universal que se les concede, y que sólo se debe a la supuesta excelencia de sus doctrinas. Pero es muy fácil demostrar que las doctrinas de los legistas y metafísicos resultan, en la actualidad, por su misma naturaleza, completamente inadecuadas para dirigir convenientemente la acción política, tanto de los gobernantes como de los gobernados. Este obstáculo es tan grande que elimina, por así decir, las ventajas que pueden proporcionar las capacidades individuales, por brillantes que sean.
Los espíritus ilustrados admiten perfectamente hoy la necesidad de una reforma general del sistema social. Esta necesidad se ha hecho tan inminente que no puede ignorarse. Pero el error fundamental que generalmente se comete en este sentido consiste en creer que el nuevo sistema a edificar debe basarse en las doctrinas de los legistas y de los metafísicos. Este error sólo se mantiene por no remontarse suficientemente en la serie de observaciones políticas, por no examinar con la debida profundidad los hechos generales, o, mejor dicho, por no haber fundamentado los razonamientos políticos en hechos históricos De otro modo no cabria el error de tomar una modificación del sistema social, una modificación que ya ha tenido todas sus consecuencias, y que no puede desempeñar ya ningún papel, por un verdadero cambio de dicho sistema.
Los legistas y los metafísicos suelen tomar la forma por el fondo y las palabras por cosas. De ahí la idea generalmente admitida de la multiplicidad casi infinita de los sistemas políticos. Pero, en la práctica, no hay, ni puede haber, más que dos sistemas de organización social realmente distintos, el sistema feudal o militar y el sistema industrial; y en lo espiritual, un sistema de creencias y un sistema de demostraciones positivas. Toda la historia de la especie humana civilizada se reparte necesariamente entre estos dos grandes sistemas de sociedad. No existen, en efecto, para una nación o para un individuo, más que dos fines de su actividad: la conquista o el trabajo, a los que corresponden, en el orden espiritual, las creencias ciegas o las demostraciones científicas, es decir, basadas en observaciones positivas. Ahora bien, es preciso que el fin de la actividad general cambie realmente el sistema social. Todos los demás perfeccionamientos, por importantes que puedan ser, son simples modificaciones, es decir, cambios de forma y no de sistema. La metafísica puede hacer ver las cosas de un modo diferente por la desdichada aptitud que confiere para confundir lo que debe ser distinto y para distinguir lo que debe confundirse. (...)

(De El Sistema Industrial)

He recibido la misión de arrebatar los poderes políticos al clero, a la nobleza y al orden judicial para entregárselos a los industriales: llevaré a cabo esta misión, cualesquiera que fueren los obstáculos que se pongan en mi camino y aunque el mismo poder real, ciego en lo que se refiere a sus verdaderos intereses, tratara de oponerse.
Es la filosofía la que ha creado las más importantes instituciones políticas; sólo ella posee poderes suficientes para arrinconar las instituciones envejecidas y para formar otras nuevas que se basen en una doctrina perfeccionada.
Señor, toda institución política halla justificación en los servicios que presta a la mayoría de la sociedad y por consiguiente a la clase más pobre.
Si las instituciones del clero, de la nobleza y del orden judicial han durado un gran número de años, si han tenido fuerza, es porque durante mucho tiempo rindieron importantes servicios a la mayoría de la nación.
Antes de que el uso de las armas de fuego se perfeccionara y extendiera de forma general, la fuerza militar consistía principalmente en los hombres de armas; los hombres de armas eran, de toda la sociedad, los que desempeñaban el oficio más peligroso y cansado.
Ahora bien, tal estado estaba reservado a los nobles. En aquella época, cuando todas las naciones eran fundamentalmente guerreras, ¡ay de aquélla cuya casta militar no fuera valiente, bien adiestrada y movida por el amor a la gloria! Bayard fue, en su época, el hombre más útil para su país. Este héroe era un verdadero protector de la industria, en una época en que los industriales no estaban capacitados para defenderse personalmente. Innumerables veces preservó a los tranquilos habitantes de nuestros campos de los desastres que les amenazaban; pero aún hizo más: introdujo en el espirito militar una especie de civilización y moderación; fue, en todo momento, un modelo de lealtad y entrega y legó a sus compatriotas la más útil de las herencias con que un ciudadano puede enriquecer a su patria: el recuerdo de sus virtudes, recuerdo que nos permite apreciar hoy en su justo valor los servicios que Bonaparte y sus ambiciosos lugartenientes rindieron a Francia.
Paso al examen de lo que respecta al clero. Fueron los monjes los que conservaron los manuscritos griegos y romanos; fue el clero católico el que civilizó a Europa. El célebre Hume, que era protestante y que por consiguiente no puede ser considerado como sospechoso al respecto, lo declara formal y positivamente en su Historia de Inglaterra. Y este autor es indudablemente el mejor de los historiadores modernos.
El clero ha prestado servicios importantes a las clases más humildes de la sociedad en la medida en que ha predicado a los ricos y poderosos las obligaciones impuestas por Dios y la moral. ¿Quién podría negar que Fénelon, Massillon, Fléchier y Bourdaloue fueron celosos y útiles defensores de los derechos del pueblo? Bossuet es quizá el hombre que más eficazmente contribuyó a preparar la revolución. Dijo, y repitió con una elocuencia que mereció la atención general, que los hombres eran iguales tras su muerte. Esto llevó a examinar cuál era la diferencia que debía existir entre ellos durante su vida terrestre.
En lo que se refiere al orden judicial, gracias a su labor hemos conseguido la supresión de las justicias que eran origen de un sinnúmero de vejaciones para las clases más humildes del pueblo.
Tras haber dotado a toda Francia de la justicia real, los legistas han rendido, en numerosas ocasiones, importantes servicios a la clase adecuada: hemos visto cómo más de una vez los parlamentos luchaban contra los reyes para defender los derechos de la nación; especialmente han demostrado una gran energía al oponerse a las ambiciones del poder papal.
Si en la actualidad, señor, el clero, la nobleza y el orden judicial carecen de fuerza es porque tales instituciones no son ya de utilidad para la nación, no rinden servicio a las clases más humildes de la sociedad.
Y en efecto, los nobles, que antaño se entregaron al oficio más laborioso, constituyen en la actualidad la clase más desocupada y, por consiguiente, la de peor ejemplo para la sociedad.
Desde el descubrimiento de la pólvora, la educación militar no es ya una educación especial; tras 15 días de prácticas todo hombre sabe manejar un fusil, y tras dos o tres campañas se siente capaz de desempeñar las funciones de general, con tal de que posea gran audacia y un poco de inteligencia; mientras que antaño hacían falta veinte años de trabajo para que un caballero aprendiera a romper adecuadamente una lanza.
Por otra parte, el espíritu nacional ha cambiado totalmente de dirección. Antes de la revolución era fundamentalmente militar; y todavía lo fue accidentalmente, y, en cierto modo, forzadamente, durante parte de la revolución; pero hoy se ha convertido definitivamente en industrial. De forma que todas nuestras guerras serán ya exclusivamente defensivas; incluso es posible que muy pronto ni siquiera éstas tengan cabida, ya que la revolución que se ha realizado en el espíritu nacional francés se efectúa diariamente en las naciones vecinas, que tienden a hacerse pacificas, convencidas de que ése es el único medio para ellas de librarse de los poderes arbitrarios que todavía las tienen sojuzgadas.
En lo que se refiere al clero se ha convertido para el pueblo en una carga sin beneficios: en el actual estado de cosas cuesta todavía mucho dinero a la clase más humilde de la sociedad; y todas sus predicaciones tienen por objeto sentar que los pobres deben obediencia ciega a los ricos y a los privilegiados, los cuales, por su parte, deben obedecer ciegamente en primer lugar al Papa y después a los reyes.
Desde la vuelta de la Casa de Borbón no hemos oído hablar de ningún predicador que se ocupara de recordar a la familia real sus deberes frente a la nación; ahora bien, es evidente que el pueblo francés no puede conceder ningún tipo de confianza a una corporación eclesiástica que hace estribar toda la moral en la obediencia de la nación a sus príncipes y que no se ocupa por establecer, en el mismo sentido, las obligaciones de los príncipes frente a la nación.
También el orden judicial ha perdido la estima de los franceses, en mayor medida todavía que el clero y la nobleza. Casi todos los jueces se han convertido en instrumentos del poder; y hoy, la inmensa mayoría de los presidentes y procuradores del rey profesan, en pleno tribunal, opiniones absolutamente contrarias a los derechos y a los intereses de la nación.
Por último, señor, os diría, para completar esta recapitulación, que si el clero, la nobleza y el orden judicial subsisten todavía, aunque no son ya instituciones útiles a la sociedad, aunque, por el contrario, graviten sobre la inmensa mayoría de la nación, es porque han sido mal atacadas, es porque no se han llevado a cabo las operaciones necesarias para terminar con su influencia
Este tercer examen, merece, señor, toda vuestra atención y me tomo la libertad de animaros a reflexionar sobre ello.
En primer lugar, es evidente, por una parte, que las instituciones del clero, de la nobleza y del orden judicial han sido sucesivamente atacadas por los filósofos del siglo XVIII, por la Asamblea Constituyente y por la Convención Nacional, y, por otra parte, que estas instituciones subsisten todavía, de donde se deriva que han sido mal atacadas. Se trata ahora de determinar claramente y en pocas palabras cuáles han sido las faltas cometidas por los atacantes, y de qué forma los industriales deben realizar esta acción para derrotarlas de una forma completa, decisiva y definitiva.
Los esfuerzos filosóficos de los escritores del siglo XVIII para liberar a la sociedad de las instituciones del clero, de la nobleza y del orden judicial han obtenido brillantes y rápidos éxitos; pero dichos éxitos han sido muy incompletos, como también lo habían sido los ataques: toda la operación se había llevado a cabo entre la vanguardia filosófica y los privilegiados.
Afirmo, señor, que el ataque de los escritores del siglo XVIII ha sido brillante, que ha obtenido un rápido éxito, porque ha merecido la atención de toda Europa, y que se ha visto seguido casi inmediatamente por la insurrección de la nación contra los privilegiados.
Pero afirmo que dicho ataque ha obtenido un éxito incompleto, porque las instituciones del clero, de la nobleza y del orden judicial, tras haber sido enterradas, han resucitado y tienden a instaurarse de nuevo en nuestros días. Digo que el ataque ha sido incompleto porque el razonamiento esgrimido fue que el clero, la nobleza y el orden judicial eran instituciones que, en todas las épocas, habían actuado de forma perjudicial para los intereses de la nación, lo que es falso, y también porque los atacantes se conformaron con demostrar que dichas instituciones no guardaban ninguna relación con el estado del progreso y de la civilización, sin preocuparse por demostrar cuáles eran las instituciones que debían sustituirlas.
Digo, por último, que este ataque fue llevado a cabo exclusivamente por la vanguardia, porque fueron los escritores quienes desempeñaron el papel principal en esta operación, y los sabios, es decir, la Academia de las Ciencias, no se comprometió verdaderamente en el ataque.
Hasta aquí, señor, el análisis del primer ataque: paso a analizar el segundo.
La Asamblea Constituyente quiso librar a la sociedad del clero, de la nobleza y del orden judicial. Para alcanzar tal finalidad hizo uso de su poder constituyente y declaró que la nobleza, el clero y el poder judicial quedaban suprimidos, en tanto que corporaciones encargadas de administrar los asuntos generales; pero al no sustituir la Asamblea Constituyente la acción política ejercida por los privilegiados, por otra acción, se encontró con que las instituciones que había pretendido suprimir no quedaron suspendidas.
La Convención se dio cuenta de la falta cometida por la Asamblea Constituyente; quiso repararla pero utilizó un mal método. Se dio cuenta de que era preciso sustituir las instituciones del clero, de la nobleza y del orden Judicial por otras instituciones; pero en vez de sustituirlas por instrumentos más adecuados al actual estado de las luces y de la civilización, trató de hacer revivir las instituciones de los romanos que resultaban, con respecto a la civilización actual, mucho más atrasadas que las del feudalismo.
Estas son, señor, las principales faltas cometidas en los tres ataques más importantes que se han dirigido contra las instituciones del clero, de la nobleza y del orden judicial.
El único medio de aniquilar esas instituciones consiste en sustituirlas por otras más adecuadas al estado de conocimientos adquiridos y a los hábitos contraídos.
Es preciso organizar una nueva doctrina: la antigua había basado la moral en creencias; la nueva debe basarla en la demostración de que todo lo que es útil a la especie es útil a los individuos y recíprocamente, todo lo que es útil al individuo lo es también a la especie; y el nuevo código moral debe ser integrado por aplicaciones de este principio general a todos los posibles casos particulares.
La antigua doctrina había constituido la sociedad en interés de los gobernantes; la nueva debe crear una asociación en interés de la mayoría de los asociados. La antigua doctrina encargaba fundamentalmente a los gobernantes que mandaran; la nueva debe atribuirles como principal condición la buena administración, debe encargar a la clase de ciudadanos más capacitada administrativamente que dirija los asuntos públicos.
La antigua doctrina había construido en un principio el orden judicial para explotar una rama de los ingresos señoriales; la nueva debe determinar que la principal función de los jueces consiste en conciliar a las partes.
Por último, el antiguo código civil tuvo por objeto asegurar, en la medida más amplia posible, las propiedades en manos de las familias que las poseían, y el nuevo debe proponerse un fin absolutamente contrario, el de facilitar a todos aquellos cuyos trabajos son útiles para la sociedad, los medios de convertirse en propietarios.
Señor, como resultado final del proceso de la civilización hasta nuestros días, las instituciones del clero, de la nobleza y del orden judicial se hallan sometidas al examen de la filosofía positiva: de sus manos saldrán necesariamente reducidas a polvo. La filosofía positiva impondrá silencio a los leguleyos políticos: otorgará a la fuerza industrial todos los poderes que las instituciones teológicas y feudales han ejercido, y cuya conservación podrá ser útil para el mantenimiento del orden; relegará las viejas instituciones a un pasado político que ya no ha de volver; y allí figurarán con los mismos derechos que la división de los lacedemonios en Esparciatas e Ilotas, que la de los romanos en patricios y plebeyos, y que la de nuestra nación en francos y galos.

La función de los industriales
(De El Sistema Industrial)

Para evitar las desgracias que inevitablemente sobrevendrían si el gran movimiento moral, imprescindible en estos momentos, fuera dirigido por jacobinos o por bonapartistas.
Para evitar los inconvenientes de tener que repetir el trabajo, lo que sucedería inevitablemente si el movimiento de opinión fuera dirigido por los militares o por los legistas.
Hay que presentar a la nación perspectivas claras sobre los modos de garantizar la prosperidad de la agricultura, del comercio y de la industria.
Hay que tomar medidas para garantizar trabajo a la clase numerosa para quien el trabajo de sus manos es el único modo de existencia. (...)
Nunca he dicho, nunca he pensado, que los industriales merezcan toda la consideración social y deban desempeñar todos los cargos públicos. Una persona que adoptara tal concepción como base del sistema político me parecería un ignorante y un loco. Mi idea es completamente diferente de la que me atribuís tan injustamente, ya que nunca la he formulado en mis escritos. Voy a explicaros, de nuevo, la concepción que ya he expuesto en mi folleto, afirmando que debe servir de base al nuevo sistema político.
En el actual estado de ilustración, y como la consecuencia más general e inmediata de dicha ilustración, la nación desea prosperar por medio de una actividad agrícola, industrial, y de comercio. Ahora bien, es evidente que la forma más segura de hacer progresar la agricultura, el comercio y la industria consiste en confiar a los agricultores, a los comerciantes y a los fabricantes la tarea de dirigir la administración de los asuntos públicos, es decir, la tarea de elaborar el presupuesto, ya que son ellos ciertamente los que mejor conocen lo que es útil, así como lo que es perjudicial a sus intereses.
Esto es lo que yo pienso, esto es lo que he dicho, esto es lo que yo he repetido, esto es lo que demostraré ante el rey y la Nación. Este es, en una palabra, el principio que intento hacer adoptar y que estoy seguro que admitirán todos ellos, en una época no lejana, y sin utilizar más medios que el de la persuasión.
Y de este principio, al que podríamos calificar de axioma, no se desprende que los agricultores, los comerciantes y los fabricantes deban acaparar toda la consideración pública y ocupar todos los cargos del gobierno.
Haced el esfuerzo de reflexionar en la conducta que necesariamente habrá de seguir (es decir, si actúa de acuerdo con sus intereses) la comisión formada por los industriales, encargada de elaborar el presupuesto, y llegaréis, por propia iniciativa, al convencimiento de que dicha comisión se apresurará a garantizar los fondos necesarios para activar todos los trabajos útiles a la agricultura, a la industria y al comercio y que anulará, con la mayor rapidez posible, todos los gastos inútiles o perjudiciales para las principales ramas de la industria.
Ahora bien, es evidente que todos los trabajos útiles para la agricultura, la industria y el comercio son útiles para la sociedad, mientras que todos los trabajos inútiles o perjudiciales para la industria son inútiles para la sociedad en general, o le son perjudiciales.
Todos los ciudadanos entregados a tareas útiles a la sociedad debieran desear que fueran los industriales los encargados de elaborar el presupuesto; pues son los más interesados de todos en el perfeccionamiento de la moral pública y privada, así como en el establecimiento de las leyes necesarias para impedir los desórdenes, y sienten mejor que nadie la utilidad de las ciencias positivas y de los servicios que las Bellas Artes proporcionan a la sociedad; pues son los más capaces, los únicos capaces de distribuir entre los miembros de la sociedad la consideración y las recompensas nacionales, de la forma más conveniente, para que cada cual reciba lo que en Justicia corresponde a sus méritos.
Sería una inquietud mal fundada el temer que los industriales aprovecharan el hecho de ser los encargados de elaborar el presupuesto para acaparar los puestos del gobierno. Tal temor carecería de fundamento; primero, porque tales empleos les estarían supeditados cuando fueran ellos los encargados de la dirección general de la administración pública; segundo, porque después de haber hecho las reformas necesarias, las grandes empresas de la industria serían infinitamente más lucrativas que los principales puestos del gobierno; tercero, porque los industriales se sentirían menos dispuestos a defender a los cargos del gobierno que los que están habituados a este tipo de trabajo.
En fin, mi idea es sumamente simple. Digo:
Mientras la nación basó su progreso en la guerra y en las conquistas, los militares constituyeron la primera clase de la sociedad; son ellos los que dirigieron los asuntos públicos, y así, en efecto, ocurrieron las cosas en aquella época. Hoy, cuando la nación quiere prosperar por medio de labores pacíficas, son los industriales los que deben constituir la primera clase de la sociedad, son ellos quienes deben dirigir los asuntos públicos; son ellos, en una palabra, los que deben elaborar el presupuesto.
El sistema militar no era exclusivo, ya que los militares fomentaban los trabajos que les eran útiles; el sistema industrial no será más exclusivo que el feudal, será incluso menos, ya que todos los trabajos que tienden a mejorar la suerte de la especie humana serán considerados útiles por los industriales.


Henri de Saint-Simon: (1965): La Physiologie Sociale. Textos recogidos por G. Gurvitch. París: PUF. — (1975): El Sistema Industrial. Trad. de A. Méndez. Madrid: Revista de Trabajo.